Luego de un sábado de media jornada (apenas 7 horas de trabajo), llegué muy entusiasmado a mi hogar, dado que disponía del resto del día (eran las 14:30) para hacer lo que más me gusta: NADA.
Lamentablemente, el NADA se convirtió en rastrillar el pasto, regar el patio, reparar la cerradura de la puerta de la cocina, plantar (como todos los setiembres) un grupete inmundo de flores que compró mi esposa y que durarán apenas un par de semanas antes de secarse) y cuando al fin logré destapar el desagüe del techo, supe que el resto del día sería para mí. Claro, ya eran las 22:45, cuando entré a la casa, mi esposa me dijo que la cena estaba lista hacía un buen rato, que qué mierda estaba haciendo arriba del techo a esa hora (y continuó diciendo cosas mientras yo trataba de explicarle que arriba del techo había estado haciendo lo que ella me había pedido).
Cené sin bañarme, luego me bañé, y al fin el día fue mío.
Así que acá estoy, disfrutando estos minutos míos antes de dormir.
Ahora, la pregunta del día, que me ha estado dando vueltas por la cabeza las últimas horas: ¿cómo carajo hacen los viveros para que las plantas de flores (esas pedorras que valen dos mangos) vivan espectacularmente mientras están con ellos, y apenas el cliente las planta en su jardín, casi inmediatamente pierden el color, el brillo y terminan a los tres días sin flores y a la semana totalmente marchitas?
Esto es un claro complot de los dueños de los viveros, no sé si para dominar el mundo, pero seguro al menos, para dominar la flora de jardín.
Este complot (muy bien encubierto por las amables señoras que atienden en los viveros) me cuesta a mí, no sólo dinero mensual, sino mi tiempo. En primavera y verano, pierdo un sábado al mes plantando estos futuros seres marchitos y muertos, que ninguna alegría le traen al hogar como en algunos casos su nombre lo indica.
Odio las petunias. Odio las caléndulas. Odio los nácar. Odio toda planta de flores que sea de temporada y se compre en viveros.
Odio a los infames dueños de los viveros, que no solo me cagan un sábado al mes, sino que tienen un maldito complot para dominar no se bien qué, lo que me jode aún más por no saberlo.
El lunes voy a ir al vivero y les voy a decir que los sábados son míos y que se metan los plantines en el orto.
Y que no se hagan los giles, que ya sé lo de su complot.
Lamentablemente, el NADA se convirtió en rastrillar el pasto, regar el patio, reparar la cerradura de la puerta de la cocina, plantar (como todos los setiembres) un grupete inmundo de flores que compró mi esposa y que durarán apenas un par de semanas antes de secarse) y cuando al fin logré destapar el desagüe del techo, supe que el resto del día sería para mí. Claro, ya eran las 22:45, cuando entré a la casa, mi esposa me dijo que la cena estaba lista hacía un buen rato, que qué mierda estaba haciendo arriba del techo a esa hora (y continuó diciendo cosas mientras yo trataba de explicarle que arriba del techo había estado haciendo lo que ella me había pedido).
Cené sin bañarme, luego me bañé, y al fin el día fue mío.
Así que acá estoy, disfrutando estos minutos míos antes de dormir.
Ahora, la pregunta del día, que me ha estado dando vueltas por la cabeza las últimas horas: ¿cómo carajo hacen los viveros para que las plantas de flores (esas pedorras que valen dos mangos) vivan espectacularmente mientras están con ellos, y apenas el cliente las planta en su jardín, casi inmediatamente pierden el color, el brillo y terminan a los tres días sin flores y a la semana totalmente marchitas?
Esto es un claro complot de los dueños de los viveros, no sé si para dominar el mundo, pero seguro al menos, para dominar la flora de jardín.
Este complot (muy bien encubierto por las amables señoras que atienden en los viveros) me cuesta a mí, no sólo dinero mensual, sino mi tiempo. En primavera y verano, pierdo un sábado al mes plantando estos futuros seres marchitos y muertos, que ninguna alegría le traen al hogar como en algunos casos su nombre lo indica.
Odio las petunias. Odio las caléndulas. Odio los nácar. Odio toda planta de flores que sea de temporada y se compre en viveros.
Odio a los infames dueños de los viveros, que no solo me cagan un sábado al mes, sino que tienen un maldito complot para dominar no se bien qué, lo que me jode aún más por no saberlo.
El lunes voy a ir al vivero y les voy a decir que los sábados son míos y que se metan los plantines en el orto.
Y que no se hagan los giles, que ya sé lo de su complot.

5 comentarios:
Decididamente usted está inmerso en una conspiración a cargo del servicio post-venta.
Y en relación con los viveros, ¿con qué alimentarán esas plantitas para que luzcan tan lozanas ellas?
Un saludo internauta.
P.D.: lo de Don mejor dejarlo pasar, porque efectivamente entre mis inquietudes laborales no se haya la de calzarme un alzacuellos, je, je.
No sabe usted como lo entiendo. Las veces que me han regalo plantas dije...pero muhcas gracias, que bonita! eso mientras pensaba...pobrecita, llegó a mi casa para morir!!!
Soy un desastre con las plantas, no me llevo bien con ellas para nada!
Consulta...puedo poner su blog e mis link?? Me gusta su forma de plantear las cosas.
Saludetes
Don Jaime (queda mejor que Don Bosco) La conspiración no es del servicio post venta, es global!!!
Srta. Marichu, recibo con agrado la noticia de saber qe es usted una homicida de plantas como yo. En cuanto a mi blog, póngalo donde más le guste.
Gracias a los dos por escribir acá.
Bueno, ya lo puse en mi listita de link, asi lo tengo a mano, vio?
Que tenga ud una buena semana!
haga como yo, manguee un potus y, cuando algún hijo de la naturaleza le pregunte por si le gustan las plantas, señaleselo con el indice bien firme y digale, quere verde,ahi tene forro!
Publicar un comentario